Nuestra Historia

La Arquidiócesis de Monterrey siempre ha tenido presente la preocupación de formar y educar a los hijos de la Iglesia. Establecida como Diócesis del Nuevo Reino de León, con sede en San Felipe de Linares en 1777, elevada a Arquidiócesis en 1891 y nombrada de Monterrey en 1922, bien se le puede considerar como el alma nutricia, la cuna de la educación superior en el noreste mexicano.

Introducción

Desde los primeros siglos, la Iglesia Católica ha tenido por especial, la promoción de la educación y la cultura, como parte medular del anuncio del Evangelio. Este se hace tangible en las actividades que ponen al ser humano, como centro de la creación, al ser creado a imagen y semejanza divina. Es un hecho innegable que la Iglesia se apoya en ambas para la evangelización y la catequesis. Fueron los santos padres y luego los padres escolásticos quienes apuntalaron a la formación humana, como parte fundamental en para mostrar y llevar el anuncio de la palabra.

Por mucho tiempo, los conventos y las abadías eran los depósitos de la cultura, centros educativos por excelencia. Ya en el medioevo, hubo un proceso de secularización en el seno de la vida eclesiástica, que requirió pasar de la educación formal exclusiva de los claustros, para ponerlos al servicio del clero secular y luego de los laicos. Primero, cercanas a las catedrales y a los templos. Prueba de ello es que la terminología escolar como académica, tiene que ver con la vocación de la Iglesia por la enseñanza.

Al arrancar el segundo milenio, se les conoce como “Studium Generale” y luego se hacen universidades. Precisamente en un documento del Papa Inocencio III dirigido al Estudio General de París en 1208, se dirige a la totalidad de maestros y escolares que conviven en ese espacio como “Universitas magistrorum et scholarium Parisius commoranium”. Con Alfonso X el Sabio, definió a la universidad como el ayuntamiento de maestros y escolares.

Para el historiador Pablo Latapí, es también universal, porque otorga grados de validez universal, como el bachillerato a quienes cursaban artes, la licenciatura (licentia ubique docendi) enfocada a la educación y el doctorado que habilitaba a la investigación como a la cátedra.

En consecuencia, la Arquidiócesis de Monterrey siempre ha tenido presente la preocupación de formar y educar a los hijos de la Iglesia. Establecida como Diócesis del Nuevo Reino de León, con sede en San Felipe de Linares en 1777, elevada a Arquidiócesis en 1891 y nombrada de Monterrey en 1922, bien se le puede considerar como el alma nutricia, la cuna de la educación superior en el noreste mexicano. Los primeros obispos Fray Antonio de Jesús Sacedón, Fray Rafael José Verger y Fray Ambrosio de Llanos y Valdés, establecieron las bases del gobierno eclesiástico: la de tener con una catedral, un cabildo catedralicio y la fundación de un seminario para que se formara el clero secular.

Se llaman seminarios, porque como su nombre lo indica, son semilleros en lo espiritual y en la formación integral de la persona, teniendo como base las cosas del espíritu. El cabildo de la Iglesia Catedral, pide la formación de una institución en 1791, para evitar que los jóvenes acudan a otras ciudades y luego allá se queden. El tercer obispo, don Ambrosio de Llanos y Valdés, hace suyas las tareas de sus predecesores y propone la construcción de una formidable catedral, un convento, un hospital y un seminario en una nueva traza urbana al norte de donde se fundó Monterrey en 1596.

Lamentablemente el pastor muere en 1799 y de todos sus anhelos, solo uno se pudo lograr: el Real y Tridentino Colegio Seminario de Monterrey fundado el 19 de diciembre de 1792, abriendo sus puertas el 12 de febrero de 1793.

Nuestro Seminario tiene un carácter pontificio como conciliar. A partir del Concilio de Trento (1545-1563), se ordenó la fundación de seminarios en todas las diócesis, para substituir a todas las escuelas catedralicias. Como parte del proyecto salvífico de la Santa Sede, los pastores reunidos en Trento, tuvieron a bien considerar lo siguiente:

“Los jóvenes, si no son bien educados, se dejan fácilmente arrastrar hacia los placeres del mundo. Por eso si no se forman en la piedad y en la religión desde la más tierna edad cuando los hábitos viciosos no han tomado aún posesión de los hombres por entero, les resulta imposible, sin una protección muy grande y muy particular del Dios Todopoderoso, perseverar de una manera perfecta en la disciplina eclesiástica. Así, pues, el santo Concilio ordena que todas las iglesias catedrales, metropolitanas y las demás superiores a ellas, cada una según sus medios y la extensión de su diócesis, se vean tenidas y obligadas a alimentar y educar y a formar en la disciplina eclesiástica a algunos niños de la misma ciudad o diócesis, o, si no son bastante numerosos, de la provincia, en un colegio que el obispo elija con esta finalidad cerca de las iglesias o en otro lugar”.

Tiene un carácter “Real” porque nace al amparo del Regio Patronato Indiano, mediante el cual, la Corona de España se comprometió conforme a bula pontificia del Papa Julio II en 1508, a promover la construcción de iglesias, catedrales, conventos, hospitales, la concesión de obispados, arzobispados, dignidades, beneficios y otros cargos eclesiásticos; para erigir conventos o casas religiosas y a la enseñanza a los indios.

Los obispos mexicanos en 1585 retomaron las disposiciones del Regio Patronato Indiano, por eso los planteles tienen carácter de pontificios, reales y diocesanos. Y el último seminario que alcanzó el triple reconocimiento, fue el de Monterrey, mientras aún se pertenecía al Nuevo Reino de León de la Nueva España.

En México, la tradición de la formación religiosa, está relacionada a los colegios de naturales, a las casas de formación religiosa y a la fundación de la Universidad Real y Pontificia de México en 1553 con las facultades de derecho civil y canónico, junto con teología y medicina. La Universidad es el origen de la educación superior formal y origen de las universidades existentes en nuestra nación, inspiradas en la de Salamanca, Bolonia, París y Alcalá de Henares.

Además de los contenidos propios de cada disciplina, los planes de estudios tenían que ver con la conducción litúrgica romana con todas las normas establecidas en el Concilio, así como el uso exclusivo de la lengua latina, un adecuado tratamiento hermenéutico de las Sagradas Escrituras, la administración de los sacramentos, el derecho canónico, el canto gregoriano, así como una sólida preparación humanista y filosófica.

Pero es en esencia y ante todo, un seminario, porque en él se cultiva la semilla para la vocación al orden sagrado. Es una casa de formación religiosa para quienes han ingresado de manera voluntaria y fueron aceptados por la jerarquía eclesiástica. Entonces inician un largo como amplio itinerario de estudios, que los conduce al ministerio sacerdotal. Los seminarios están jurídicamente bajo la responsabilidad del señor obispo. A decir verdad, no solo fueron centros de estudios de preparación para el sacerdocio, sino de personas, aún sin llegar a la ordenación, ocuparon importantes puestos en la vida política y cultural en los siglos XVII, XVIII y XIX.

Como una manera de vivir los nuevos tiempos, el Concilio Vaticano II (1962-1965) realizó una auténtica renovación de la vida y sentir de la Iglesia frente a los problemas del mundo. Se reorganizaron los estudios y la formación sistemática de los pastores al servicio de la Iglesia.

La Santa Sede a través las enseñanzas de los pontífices San Juan XXIII, San Pablo VI, Juan Pablo I, San Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco, a través del magisterio y distintas bulas y documentos pontificios, han hecho extensiva la formación integral no solo a sus pastores y candidatos a serlo. Está abierta a las necesidades de los laicos y sabe la relevancia que tienen en la vida eclesial tanto en movimientos, agrupaciones y parroquias, enfocadas a la pastoral orgánica y de conjunto en todos los ámbitos, donde el ser humano necesita ser testigo garante de la resurrección de Jesucristo y de la esperanza y función para establecer el Reino de Dios en la Tierra.

En todo el siglo XVII, no hubo instituciones educativas en la región. Fueron los misioneros franciscanos y las esposas de los pobladores, quienes se dedican a la enseñanza de las verdades elementales de la fe cristiana, como a leer y a escribir. Eran tiempos difíciles, de cuando los jóvenes solo tenían tres caminos: las armas, el trabajo en el campo y salir de Monterrey para buscar escuelas en donde formarse.

Fueron los padres jesuitas, quienes fundaron un colegio en 1702. El plan de estudios comprendía parte del trívium: gramática, retórica y filosofía. Para 1712 comenzaron los estudios de derecho canónico. Pero por diversos problemas económicos como políticos, debieron cerrarlo en 1743.

Gracias a un legado de doña Leonor Gómez de Castro, se abrió una cátedra de gramática, latín, y retórica en 1768 para que acudieran los alumnos del Nuevo Reino de León y de las Provincias Internas de Oriente. Ahí dieron clases el padre José Paulino Fernández de Rumayor y un franciscano de nombre Cristóbal Bellido y Fajardo. Pero cerró sus puertas al iniciar los cursos en el Seminario en 1793. Tuvo buen alumnado y ahí estudiaron los padres Miguel y Trinidad Ramos Arizpe, el padre Bernardino Cantú y fray Servando Teresa de Mier.

Al crearse la diócesis en 1777, la Iglesia tuvo el privilegio de ser la única institución con bienes y capital, para ser sujeta a créditos, con los cuales podía dedicarse a las tareas de la evangelización y catequesis, en especial, la de formar a su clero. El Seminario se fundó el 19 de diciembre de 1792, al amparo de nuestra Señora de la Asunción y de San Antonio de Padua. Al año siguiente, el 12 de febrero de 1793, comenzaron los cursos de poética, filosofía, álgebra, latín, geometría, retórica y teología. El primer rector fue Domingo de Ugarte, quien tenía muy clara la intención de preparar individuos capaces de leer y escribir, interpretar leyes y velar por los intereses de su comunidad, del cabildo de Monterrey, de la Iglesia y de las demás instituciones existentes en el Nuevo Reino de León.

Por ejemplo, los cursos de teología se basaban en la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino, para entender la naturaleza divina. De igual forma, se abocaban al estudio de la teología moral, dogmática. Tenían una materia llamada “Deo, Atributis et calculus” para poder conciliar las revelaciones divinas con las realidades terrenas en una conciliación de la fe y la razón.

El Concilio de Trento solicitaba que los planteles estuvieran cerca de las catedrales, lo cual nos permite mantener la ubicación de aquella noble institución, situada en los alrededores de la plaza Zaragoza, calle llamada por cierto del Seminario, antes de tener el nombre del héroe de Puebla.

Durante el rectorado del padre José Vivero en 1805, volvió a insistir para que se formalizaran los grados que se otorgaban para quienes de ahí egresaban. En 1813 el señor obispo Marín y Porras quiso abrir una cátedra de derecho, pero nadie se inscribió. A pesar de las luchas insurgentes y los problemas del México independiente, pudo consolidarse como institución educativa, ampliando la oferta académica.

En 1816, el cabildo de la Catedral pidió ante la Corte de Madrid a través de un apoderado, la aprobación de una cátedra de ambos derechos, pero no se obtuvo respuesta. En 1822 volvieron a insistir, porque lamentaban que los jóvenes al concluir sus estudios, se iban a estudiar a otras partes y ya no regresaban. Necesitaban personas que se dedicaran al ejercicio del derecho civil, privado, eclesiástico y servicio en la política y administración pública. En aquella insigne institución, se prepararon a los clérigos y abogados, protagonistas en la formación del Estado nacional, así como la de consolidar la vida de las instituciones de Nuevo León en el siglo XIX.

El 13 de octubre de 1823, el gobierno general ordenó la apertura de carreras profesionales en cada entidad, por lo que le tocó al Seminario ser el plantel para hacerlo. La primera legislatura se abocó en preparar la apertura de la cátedra de derecho, otorgándole un apoyo de mil pesos anuales, que fue refrendada en 1843. Pero la Constitución de 1857 la cerró. Tuvo en ese lapso, 204 alumnos. Pero el Seminario, a pesar de los problemas, no extinguió su razón de ser.

El padre Aureliano Tapia Méndez, siempre mostraba su orgullo de ser alumno del plantel. Decía: “soy hecho en casa”. Para muchos, el Colegio Seminario se convirtió en la primera universidad existente en la región. Así lo consideró el Lic. Helio Ayala Villarreal, entonces director de la Facultad de Derecho y Criminología de la UANL en 2002, cuando le publicó un libro sobre la primera cátedra al padre José Antonio Portillo en 2002: “Esta cátedra nutricia fue el origen no solo de las escuelas y facultades de derecho de Nuevo León, sino de la educación superior en el Estado”, así como también el Doctor José Roberto Mendirichaga, y los presbíteros Pedro Gómez Danés (Q.E.P.D.) y el padre José Antonio Portillo.

Como en aquellos tiempos como en los actuales, el ingreso al Seminario, exigía que los alumnos ya tenían cursados sus estudios elementales. Como era la única escuela en todo el noreste mexicano, admitía a todos los que podían y querían estudiar, no solo para acceder al orden sagrado.

El 19 de enero de 1824 se convierte en una institución de carácter semioficial, de acuerdo al Congreso General de la República que pidió la apertura de centros educativos profesionales en cada provincia o entidad, siendo rector el padre Juan Bautista Valdés. Con tal reconocimiento, recibió recursos de parte del estado para su sostenimiento. La legislatura local, lo hizo para ahorrar los incentivos que daba a quienes se iban a estudiar a otros lados. En lugar de gastar en traslados y estancias, era preferible una universidad en Monterrey.

De nueva cuenta, las autoridades académicas como del honorable cabildo, eligieron como responsable de la cátedra de derecho, al abogado egresado de la Universidad Real y Pontificia, el Lic. Alejandro Treviño y Gutiérrez.

Hay un decreto número 104 del 28 de abril de 1826, que habilita al Seminario a conferir grados mayores en teología y ambos derechos, tanto de jurisprudencia como canónico, sujetándose a los estatutos de la Universidad de Guadalajara. Con tanto éxito que hubo una sucursal en Saltillo.  En enero de 1827, siete alumnos recibieron su pasantía. Esa facultad de otorgar grados, la convertía de hecho en universidad.

Una época donde solo había tres profesiones, la de teología, la de ambos derechos (civil y canónico) y medicina, mientras que a los estudios de artes liberales consistentes en el trívium como cuadrivium, eran equivalentes a los de humanidades y otros correspondientes a los de filosofía escolástica. Los alumnos estudiaban latín, gramática, retórica, geometría, aritmética, filosofía, teología y ambos derechos.

La cátedra de medicina también comenzó en el seno de la Iglesia, aunque no propiamente en el Seminario, cuando el médico italiano Pascual Constanza consiguió que el gobierno del estado, autorizara la creación de una escuela de medicina, pagada por mil pesos del cabildo de la Catedral, 800 pesos por el Estado y 800 por el cabildo de la ciudad, la cual dejó de funcionar en 1836.

Con la intención de dividir los ámbitos, el de la vida religiosa como laica y pública, en 1852 y después en 1854 el señor Obispo Verea, pidió la división de la catedra de derecho, una en jurisprudencia y la otra para el canónico, se hizo la separación de las cátedras que se hizo efectiva en 1857, en el ámbito institucional, para abrir un colegio al que llamaron civil para diferenciarlo del religioso en 1859.

La relación Iglesia-Estado se agravó con la promulgación de la Constitución de 1857 y las consecuentes leyes de Reforma. En ese tiempo, los diputados, muchos alcaldes y gobernadores, habían recibido su formación en el Seminario y debieron jurar a la nueva norma constitucional. El Seminario a través del rector José María Nuín, no vio con agrado la disposición del Lic. Juan Nepomuceno de la Garza Evia, quien tenía la cátedra de derecho desde 1830 con la muerte del Lic. Treviño, quien juró lealtad a la Constitución y por lo tanto, el Seminario se negó a impartir clases.

Entonces el gobierno dejó de mandar dinero y abrió las cátedras en diciembre de 1859, con el nombre de Escuela de Jurisprudencia. Pero el Seminario aún tenía a su cargo la formación de leyes de algunos alumnos. El último en recibir su diploma, ocurrió en 1862.

El 9 de agosto de 1861, el señor Obispo Francisco de Paula y Verea, obtuvo reconocimiento de la Santa Sede, de parte del Papa Pío IX para otorgar grados reconocidos como pontificios en bachillerato, licenciatura y doctorado, pero ya no se hizo efectivo, se perdió o no le dieron seguimiento.

Aunque para algunos historiadores, la creación del Colegio Civil en 1859 relegó a segundo grado al Seminario de Monterrey. Cada uno por su lado y en distintos ámbitos. El primer es el origen de la Universidad de Nuevo León en 1933 y el Seminario, al amparo de la Iglesia Arquidiocesana de Monterrey, cedió sus instalaciones del Seminario Mayor, ahora convertida en Casa de la Iglesia, para la creación en 2014 del Instituto de la Arquidiócesis de Monterrey.

Como se advierte, son casi 230 años, preocupada en el ámbito educativa, que bien puede considerarse más antiguo, porque fueron los primeros misioneros franciscanos, que a través de las celdas conventuales de San Andrés, se dedicaron a enseñar a leer y a escribir a los hijos de los primeros pobladores como a los habitantes que residían en estas tierras de la Ciudad Metropolitana de Nuestra Señora de Monterrey a partir de 1596.

La Iglesia regiomontana ha apoyado la formación no solo de pastores y laicos, así como de los primeros abogados y médicos. Vocación que no dejado de impartir como de servir.

 

 

 

Obras consultadas 

Cavazos Garza, Israel. Esbozo histórico del Seminario de Monterrey. Anuario Humanitas de la Universidad de Nuevo León, 1969

Portillo Valadez, José Antonio Pbro. Y Lic. La Cátedra de derecho canónico y civil. Fuentes para la historia del Derecho, libro de matrículas (1824-1861) y libro de grados (1827-1862). Facultad de Derecho y Criminología de la UANL, Monterrey, 2002. 

Sacrosancti et oecumenici Concilii Tridentini, Paulo III, Julio II, et Pío IV. Librarie Jaques Lecofree, París, 1870.

  1. AA. La aventura de 200 años, el Seminario en las páginas de la historia. Seminario de Monterrey, Saltillo, 1992.